• Pbro. Gregorio Álvarez

Tengo sed.


Jesús exclama en el patíbulo de la Cruz “Tengo sed”. Dios tiene sed. ¿Dios tiene sed? Resultaría lógico que el hombre Jesús sintiera sed, después de haber perdido tanta sangre divina en el derrotero de su Pasión, después de haber padecido el calcinante calor del desierto, desde la hora tercia hasta la hora sexta, cuando el cielo comenzó a oscurecerse. Pero resulta que Dios tiene sed. El Señor, el Rey supremo en su Cruz, trono de gloria, tiene sed.

Lo dice, en primer lugar, para que se cumpliera la Escritura, porque en la vida del Hijo, la Palabra hecha carne, todo es Palabra cumplida. Todo debía consumarse.

En segundo lugar, con la sed nos muestra su ardiente deseo de salvación delgénero humano... pues acostumbramos expresar mediante la sed un deseo vehemente, dice Santo Tomás en su comentario al Evangelio de San Juan. Y por aquí podemos entender por qué Dios tiene sed. Es la forma paradójica con que San Juan hace hablar a Jesús.

En su diálogo con la Samaritana el Señor le dice a ella “dame de beber”, peroinmediatamente se le ofrece a ella como agua viva. El que tiene sed resulta ser una fuente de agua que salta para comunicar vida eterna. El que tiene sed hace descubrir a esa pecadora que en realidad la sedienta es ella, es la humanidad entera la que tiene sed de este agua que sólo se halla en Dios.

Y sin embargo, Dios tiene sed. Al Redentor sediento se le ofrece vinagre...porque también nosotros respondemos una y otra vez al corazón solícito de Dios con vinagre, con un corazón agrio, que no quiere hacer caso del amor de Dios (J. Ratzinger).

El Rey nos grita desde la Cruz, “tengo sed” e inclinando la cabeza nos entregasu Espíritu, y al mismo tiempo nos abre su costado para entregarnos el agua y la sangre que pueden calmar nuestra sed de perdón, de amor y de vida. El que tiene sed es en realidad fuente de agua viva, porque en realidad tiene sed de que nosotros tengamos sed de Él, del agua viva que brota de su costado, del Espíritu Santo que sale a borbotones de su costado abierto para alegrar con el correr de las acequias la Ciudad de Dios. Tiene sed, un deseo vehemente, de una profundidad abismal, de que nosotros tengamos sed de su Amor y Misericordia.

Nuestro Rey tiene sed de nuestro amor, no le demos a cambio nuestra vinagre.

Pbro. Gregorio Álvarez

Capellán


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