• Candelaria Tolaba

Ruido.


Existe un lugar a donde cada día volvemos. Nos quitamos el disfraz de ejecutivo o el uniforme que ridículamente nos uniformiza para volver a ser nosotros. O simplemente, a ser. Ese cajón alberga todos nuestros secretos: un alicate, algunas pastillas, una Virgencita recuerdo de unas vacaciones, un libro, un reloj roto, una crema para algún dolor, un trocito de algo que se salió, un clavito que ya no recordamos a donde pertenecía, unas pilas, el control remoto, papeles, el velador con la pantalla medio torcida. Una mancha de humedad que conocemos de memoria, siempre la miramos desde el mismo ángulo; la pantufla que cada día nos hace agacharnos para agarrarla debajo de la cama.

Cada noche deseas volver ahí. Cada noche deseas volver a ser vos, necesitas una dosis para no olvidarte, son más las horas que pasas fuera. Un tironeo entre tu interior enajenado y tu “Yo” activista, diligente y atareado por las cosas, ocurre cada noche. Queres volver, pero no más de la cuenta. De pronto, como si un colectivo de espejos que hieren se hubiera erigido a tu alrededor, cuatro paredes te gritan: Sé vos ahora, después, mañana y pasado. Tras-pasado también y unos cuantos días mas. Tenes para rato aquí adentro. Pero vos, torpe animal de la selva de cemento, no lo soportas, y aquel valioso lugar, decorado por tus humanas mañas, pintado por pensamientos que solo vibraban en soledad, dejaste que fuera asaltado por el bullicio digital. Casa tomada.

No te animas, no te atreves. El lugar que quiere ser escape, un paseo al cielo abierto de tu alma, un regreso a tu identidad más recóndita, hoy se impone como ecosistema ineludible, y vos, le temes.

Antes, el cansancio nos rescataba del recuerdo, de la reflexión, de la plegaria, del examen de conciencia. Cuando la almohada se volvía un móvil hacia algún pensamiento que calaba más hondo, venía el primer bostezo, un repaso más de la check list de mañana y ya, el deseado sueño nos invadía y una noche más huimos por la tangente, todo quedaba en el inconsciente. Que lástima, me dormí.

De pronto, aterrizamos en la almohada sin ese sueño devastador. La “office” se hace más corta cuando es “home” y ya no deseas como una fiera distraer la cabeza viendo tonterías en internet. No hay stress de regreso a casa, no peleaste con nadie en el camino. ¿Y ahora? ¿Dónde está ese sueño rescatista?

Entonces llenamos nuestras habitaciones de ruido. Y aquel único lugar de intimidad fue profanado por una cantidad de ventanas virtuales que abrimos para sobrevivir. Nuestro único oasis redentor en medio del desierto de la rutina fue ultrajado. No existen mesitas de luz ni rincones con telarañas, todo fue alumbrado por estridentes luces blancas salidas de una pantalla.

Silencio, sh. Ruido, ruido, ruido. Ruido, sosega mi alma, tráeme la tranquilidad de no encontrarme. La quietud del barullo mundano, la paz barata concedida por un tema de YouTube. Qué ruido hace el silencio, cállenlo. Estímulo, estímulo, estímulo. Qué bien se siente la privacidad globalizada, la interconexión de soledades, amarradas unas a otras, anónimas, desconocidas e innombradas, consolándose entre sí con cursos de mindfullnes.

Pero en un instante, en una respiración más profunda, se oye una voz que grita en ese estrepitoso desierto, y decidís oírla. Hoy si. Confinado en ese cuarto pones fin a la virtualidad imperante, las pantallas plagadas de “Superyos” ya no rebosan las paredes y te hallas. Hay silencio de nuevo. Te ves y te recorres. De pronto te recordás, hasta podés escuchar tus latidos. Pensas, hablas, miras. Sentís tu respiración. Te vacías de eso que no te llenaba, solo ocupaba lugar. Cada vez se escucha más claro, te acercas...

Si, acá adentro había algo más, yo sabia que había algo más.

Candelaria del Rosario Tolaba

Directora de Arte