• Juan Ignacio Fernández Ruiz

Aborto y descarte


Una cuestión fundamental que subyace detrás del aborto es lo que podríamos llamar “la cultura del descarte”. Reflexionemos brevemente de qué se trata.

Habría que decir, ante todo, que detrás del aborto y de esta cultura hay una concepción utilitarista de la persona humana. Pensémoslo bien. ¿Qué es descartar? ¿Por qué habría de descartarse algo? ¿Qué condiciones reviste aquello que se desea descartar o, mejor dicho, qué condiciones tenía y ha perdido gracias a lo cual ahora se lo descarta? No se descarta sino aquello que solía ser útil y ahora ha dejado de serlo, lo que servía para otra cosa y ahora ya no, lo que ya no cumple eficazmente la razón de medio respecto del fin. Algo que cumple estas condiciones podríamos decir que tiene “dignidad extrínseca”, esto es, un valor impuesto desde fuera por aquello o aquél a quien se ordena (su fin). Además es algo reemplazable, como un engranaje en una máquina.

Ahora bien, el aborto podría definirse como aquello que provoca el descarte voluntario y directo de la persona antes de nacer. De este modo, se entiende a la persona humana como algo que sirve para otra cosa, es decir, algo útil cuya dignidad solo puede ser afirmada en cuanto cumple una función mediadora. No se trata entonces de otra cosa más que de la reducción del valor del propio hijo a su efectividad en el cumplimiento de los fines de los deseos de la madre o del valor de la persona en cuanto parte del Estado al cual se ordenaría (y no al revés). Y cuando ya no logra cumplir estas condiciones entonces se lo descarta. Verdaderamente la cultura del descarte es una “cultura de la muerte”.

Lejos está esta concepción —y no me refiero temporalmente— de la de Santo Tomás de Aquino. Para él la persona es inútil, es decir, es un fin en sí mismo que no sirve para otra cosa; no ya algo, sino un alguien, con intrínseca dignidad. Así nos dice que “la persona significa lo más perfecto que hay en toda la naturaleza” (I, q29, a3, c), “lo más digno” (De pot. 1, q9, a3, c). Se trata de una realidad autónoma y de carácter absoluto, un todo en sí mismo y no una parte (ni de la madre, ni del Estado, etc.). En efecto, “la noción de parte es contraria a la persona”, enseña Santo Tomás (In 3 Sent. d5, q3, a2, c). Además, es irremplazable e incomunicable: “lo que hace que Sócrates sea hombre pueden tenerlo muchos, pero lo que hace que Sócrates sea este hombre solo puede tenerlo uno” (I, q11, a3, c).

Mientras que la primera concepción fundamenta una “cultura del descarte” —un verdadero descarte de la cultura— y un país totalitarista en el que la persona individual y sus derechos —incluyendo los más primarios— no poseen ningún valor fuera de la sociedad, y que, de manera discriminadora, permite vivir a algunos mientras que a otros los rechaza inexorablemente, la segunda concepción es la base para lo que el Papa Francisco llama una “cultura de la acogida”. Es la base de un país en el que la persona humana goza de una dignidad propia que es anterior al Estado y a la cual este debe servir y proteger, y que defiende la vida de todos, por más pequeños o desarrollados que sean, persiguiendo la mejora de la sociedad en vistas a su fin: el bien común de todos.

Recuperemos esta cultura del acompañamiento a la persona, de la relación interpersonal entendida como la ordenación de un fin a otro y no de un medio a un fin, considerando a la persona como intrínsecamente digna, con valor propio, como una meta única e irrepetible. La mujer y su hijo merecen un trato integral, pues ellos mismos son realidades integrales y absolutas, son subsistentes en sí mismos, están dotados de inteligencia y voluntad y —en lo que se enraíza su máxima dignidad— son imagen y semejanza de Dios: son personas.

Juan Ignacio Fernández Ruiz

Director de la Comisión de Filosofía de la SITA Joven

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