• Matías Poccioni

El país de la unidad


Desfilan los protagonistas frente a las cámaras, ensayando maquillados discursos fruto de expertos extranjeros del marketing. Los rodean decenas de obsecuentes asesores, que comparten escenario con periodistas militantes y bailarinas enmascaradas de panelistas. Detrás de la pantalla y lejos del delirante show, la Argentina oculta continúa su camino. Avanza con esfuerzo, pero es inevitable su cansancio. Las cicatrices no cierran y la corrupción general desgasta las familias, que sufren la desintegración social. En la vorágine de las cosas, perdimos el hilo invisible que nos unía a todos como miembros de un solo cuerpo y son los más débiles los primeros en resentirse, en enfermarse.

El país de la grieta pide unidad. No es que la pobreza, el narcotráfico o la inseguridad —por nombrar algunas— no sean urgencias. Pero de ninguna de ellas se sale si no las enfrentamos juntos como país. Quedamos de tal modo hundidos en el barro que solo es posible avanzar si empujamos todos y al mismo tiempo. Así como ninguna herida del cuerpo se cura sin el alma —principio de vida y unidad—, así tampoco ningún país se levanta si no impera un consciente espíritu solidario que nos motive a enfrentar nuestro destino común.

¿Y cómo generamos ese espíritu de unidad? Es ahora cuando el pensamiento de Santo Tomás es agua fresca para nuestro agrietado desierto, enseñando que “toda ciudad, para ser una, ha de tener cuatro cosas comunes: un gobernador, una ley, las mismas insignias, el mismo fin”. Nos proponemos humildemente aplicar los primeros tres factores de cohesión a la Argentina, dejando para un próximo post el fin común.

Comencemos con la unidad de gobierno. Tan natural como la comunidad es la autoridad, y una no existiría sin la otra. Como el cuerpo necesita una cabeza y todo equipo un capitán, las abejas una reina y los ángeles sus jerarquías, así toda comunidad precisa una autoridad como centinela de su unidad. Cuando varios se ordenan a algo uno, es decir, cuando tienden al mismo fin, es necesario que uno de ellos los gobierne. El anarquista, más que un progresista antisistema, es un fantasioso antinatural. ¿Queremos sanar las familias? Que los padres recuperen su autoridad. ¿Queremos mejorar la educación? No vapuleemos a los maestros. ¿Queremos un país unido? Empecemos entonces por respetar nuestras autoridades.

Pareciera estar de moda escribir “Macri gato” —por decir el más suave de los insultos— sin que nadie se perturbe, pues el delito de desacato naufragó en nuestro mar democrático. Hoy todos se sienten con el derecho de faltarle el respeto al presidente o a cualquier funcionario público —cualquiera sea su partido— sin entender que destruir su autoridad es minar el principio de unidad y gobierno de todos los argentinos. ¿O acaso no pierde toda la familia cuando el hijo se vuelve ingrato y desobediente con sus padres? Santo Tomás hablaba de la observancia, virtud por la cual respetamos a las personas distinguidas en la función pública por su dignidad especial. ¿Alguien sabía que existía esa virtud? ¿Sabías que hace pocos días el papa Francisco dijo que no rezar por los gobernantes es pecado? (Misa en Santa Marta, 18-09-2017)

Continuemos con la unidad en la ley, es decir, en los preceptos racionales promulgados por las autoridades para alcanzar el bien común. En una función comunitaria dónde cada uno abandona su papel y hace lo que quiere, se vuelve necesario afirmar el libreto pensado por el guionista. La ley —natural o positiva— es esa voz de orden, ese libreto o modelo de conducta que va hilvanando a todos los protagonistas en una única obra capaz de sacar el mejor aplauso del público. Se trata de las arterias que ordenan y conducen las actividades de todos para el beneficio de todo el cuerpo. A la hora de cumplir la ley hay algo más en juego que mi ética particular o evitar una sanción: está en juego el bien común.

En tiempos que florecen “ciudadanos buenos” que se abstienen de cumplir “leyes malas”, es necesario revelarles su verdadera identidad: son terroristas de la unidad. Desde el trabajador que no declara todos sus impuestos como el moralista que no vota en una elección obligatoria. Pero, ¿acaso no son leyes injustas? Por lo pronto, son legales y legítimas, y no está permitido dispensarse de su cumplimiento por no conllevar un peligro inminente que necesita ser evitado inmediatamente.

Pero aún podemos hacer más por la unidad de la Argentina si honramos sus insignias. No se trata de viejas tradiciones insignificantes propias de una ética escolar. Todo signo contiene de modo sensible un cúmulo de riquezas invisibles que nadie ve pero están, y claman por ser expresados. Si cambio los colores de una camiseta destruyo mucho más que la camiseta: destruyo al equipo. Necesitamos ver flamear nuestra bandera nacional para que el pecho se hinche de orgullo por nuestra Patria y recordar intuitivamente que somos un solo cuerpo, y el partido lo jugamos en equipo. El himno y la escarapela, los veteranos de Malvinas y los próceres de la independencia, el ejército y los artistas, las imponentes cumbres y la costa, el Tedeum y el papa Francisco, el mate y el asado, todo; absolutamente todo significa, comunica y nos constituye como Patria. Si continuamos cantando Aurora todas las mañanas, a pesar del frío y el aburrimiento, no es para simular una máscara formal de ciudadanía, sino para religarnos realmente, una vez más, con esa misteriosa herencia llamada Argentina, que nos llama en lo profundo de la sangre a hacernos cargo de nuestro destino común.

Matías Poccioni

Seminarista de FASTA

Encargado de Formación de la comisión de Política y Derecho

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