• Matías Poccioni

En defensa de la ley


Era de noche. Las puertas del tren se abren como de costumbre y la niña sale apurada. No hay nadie en la estación. O mejor dicho, casi nadie. Una sombra erguida y uniformada aparece de repente y sospechosamente se perfila detrás de una columna. La pequeña baja la mirada bruscamente, y acelera su andar hacia la salida, pero es inevitable sentir su oscura mirada. Ella, sola e indefensa. Él, armado y amparado por una red mafiosa con vínculos en el estado. La única seguridad es la inseguridad que le provoca la persona que curiosamente debía protegerla. Finalmente no resiste más y, con el corazón en la boca, sale corriendo llena de miedo, escapando con torpeza del policía que simplemente hacía su ronda de trabajo.

Tan triste como real, las instituciones más nobles de nuestra ciudad se ensucian tanto que nos aterran como la peor de nuestras pesadillas. Corruptio optima pessima est, repetían los clásicos: la corrupción de lo mejor es lo peor. Así sucede en nuestro país con nuestras leyes. Ante la real posibilidad de aprobarse el aborto en la Argentina, un ambiente de resignación y desconfianza vuelve a cubrir esa vieja institución llamada ley. Pero así como el policía corrupto no se identifica con el verdadero policía, así tampoco la ley injusta representa el verdadero rostro de la ley. Antes de salir corriendo como la niña o de aplicarle sentencia capital al sistema jurídico, nos proponemos un último alegato en defensa de la ley. Quizás, remontándonos río arriba hacia su fuente, podamos rescatarla del pantano en que se encuentra sumergida y reafirmarnos entonces en la lucha por leyes justas en un país acorralado por la injusticia.

Nuestra defensa se levanta sobre el clamor de la realidad: aunque le pese al máximo narcisista, necesitamos de los demás para ser felices. Nos guste o no, la vida es un juego en equipo, y tanto como anhelo mi bien particular anhelo el bien común. Pero la única forma de alcanzarlo es en sociedad, con una autoridad que pronuncia leyes para acercarnos a ese bien, para conquistarlo. Y entonces la ley, siguiendo a Tomás de Aquino, no es otra cosa que ese precepto racional promulgado por la autoridad para alcanzar el bien común. Se trata de esa voz de orden, ese libreto o modelo de conducta que va hilvanando a todos los jugadores en un único equipo capaz de sacar el mejor rendimiento de cada uno y alcanzar así el común campeonato. La legitimidad de esta orden radica en que siempre mira al bien de todo el equipo y no al de algunos jugadores, por más poderosos que sean. Y al mismo tiempo, la fuerza de este mandato no se desprende del técnico que la grita sino del ajustarse a las reglas del juego y a las condiciones naturales de los jugadores, lo que equivale a decir que es racional por derivar de la ley natural y “si en algo disiente de la ley natural ya no es ley, sino corrupción de la ley”.

Ahora bien, la ley natural pide ley civil, necesita esa determinación del derecho positivo porque carece de ella. El derecho natural a la vida exige que el legislador establezca que el que matare en la Argentina será penado con ocho a veinticinco años de prisión. Es cierto que la ley civil no puede prohibir todos los vicios ni obligar todas las virtudes, pues su ámbito es más limitado que la ley moral, pero esto no la desliga de la moral, todo lo contrario. Todo lo que prohíba la ley como lo que obligue está orientado a proteger bienes que se depreden del derecho natural y que por lo tanto hacen bien a los hombres, los hacen mejores. Y es por esto que podríamos evaluar a un país simplemente por sus leyes, pues ellas acercan o alejan al bien común, ellas educan a sus ciudadanos o los deforman, ellas perfeccionan la cultura o la desintegran, ellas edifican la patria o la dinamitan.

Lamentablemente hoy vemos la humillación de la ley, mancillada por la mezquindad y manoseada por los poderosos del mundo. El divorcio con la ley natural extirpó a la norma de toda su fuerza racional y nos dejó expuestos a la arbitrariedad del tirano de turno. Bien decía Santo Tomás que “la ley injusta es más una violencia que una ley propiamente dicho, pues no tiene de ésta sino la apariencia”. Violencia que en una eventual ley de aborto se cobraría sangre inocente en la noche oscura de nuestra patria.

Ahora bien, alertados de la crueldad del positivismo, tampoco debemos caer en la trampa liberal que banaliza al mal y claudica de la pelea social. Afirmaciones como “no importa que salga la ley”, “la guerra está perdida” o “tarde o temprano va a salir”, bajo un manto de resignación esconden un ciego individualismo apático a los coletazos reales de la ley injusta. Ni positivismo ni liberalismo, juguemos todos hasta el último minuto esta final por el bien común. Pues si bien es cierto que nadie nos podrá robar la objeción de conciencia para oponernos a esta ley inicua, también es cierto que de salir la ley una herida real nos atravesará como país. Siempre podremos oponernos como Antígona a la injusticia de la ley, pero eso implicará que ya perdimos una batalla en nuestra ciudad. Luchemos por el verdadero rostro de la ley y que nos duela su corrupción, pues todos somos esa Argentina que con leyes injustas cada mañana se aleja más y más del hogar de justicia y paz que anhelamos. Que el Cervantes nos preste sus palabras para cerrar este alegato: “Cambiar el mundo, querido Sancho, que no es locura ni utopía sino justicia”.

Matías Poccioni

Seminarista de FASTA

Asesor de la SITA Joven

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