Enfrentarás dragones

August 8, 2018

 

Suena por enésima vez el teléfono en un aturdido despacho y se dispara la inequívoca señal de un nuevo embate. El enemigo, acampando frente a las murallas de la conciencia, retoma su poderosa carga con arietes llenos de presiones, envenenadas flechas con amenazas y suntuosas propuestas de rendición. Ante la inminencia de la crucial votación, arden los teléfonos de todos en la Honorable Cámara mientras la oscuridad de la noche se cierne sobre el Congreso. La política, la más exquisita forma de caridad, se embarra entonces morbosamente en un desfile de aprietes y sobornos para alcanzar la trabajada legalización del aborto en la Argentina.

 

La discusión en el Senado inevitablemente se trasladó al campo de la conciencia y en ese escenario contemplamos un combate silencioso y cruel mucho más profundo que el de una votación política. Fuerzas invisibles se preparan para una sesión histórica en el que los apasionantes discursos solo serán el eco de la gran batalla entre en el Reino de la Vida y el Reino de la Muerte, librada en la corazón de los senadores y de millones de argentinos.

 

¿Cómo es posible que estemos a punto de convertir el aborto en un derecho? Y es que el pecado entró en el mundo y con el pecado la muerte. La desobediencia primera revistió al hijo de Adán de asesino manchándolo con la sangre de su hermano. No alcanzó siquiera con la paternal ley de Dios, que escribió en lo más profundo del hombre y con grosera claridad el límite infranqueable entre los dos Reinos: “No matarás”. La ley fue silenciada, olvidada, profanada. La muerte fue el trono del mundo y en ella reinó el demonio, “homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). Pero el Señor no abandonó al hombre y, en la más maravillosa de todas las empresas, irrumpió en el drama del mundo la Verdad y la Vida Encarnadas en rescate del hijo perdido. Y fue así que, en palabras de San Máximo el Confesor, sucedió lo inaudito: “Dios se hizo perfecto hombre y ofreció a la voracidad insaciable del dragón infernal el señuelo de su carne, excitando su avidez; cebo que, al morderlo, se convertiría para él en veneno mortal y causa de su total ruina, por la fuerza de la divinidad que en su interior llevaba oculta”. Canta la Iglesia emocionada en la Secuencia de Pascua “Muerte y Vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Rey de la vida, que había muerto, ahora vive”. Y es que, desde entonces, la suerte de la batalla por la vida ya estaba echada.

 

¿Pero si el duelo final se ganó cómo se explica la cultura de la muerte en la que vivimos? Y es que mientras dure la historia, el enemigo despechado buscará hacerle la guerra al hombre para que nunca se apropie de la victoria de la Cruz. El imperio derrotado solo tiene fuerzas en el pecado y no descansará hasta lograr que el hijo de Adán mate una y otra vez a sus hermanos. Hay una fuerza oscura por detrás de la impresionante campaña por el aborto, por detrás de los incesantes llamados a los despachos de los senadores. Pero el Dios de la Vida no se amedrenta y envía a su Iglesia al mundo para presentarse como el último resguardo de una humanidad confundida y maniatada. Y entonces ella allí va, otra vez, a rescatar al hombre del Reino de las sombras. Y predica y reza, ayuna y enseña, ama y convoca, llora y perdona. ¿Cómo no va a defender la vida si su Misión es hacer presente, aquí y ahora, al Señor que vino a traernos Vida en abundancia? Por eso no teme a los millones del lobby internacional y se planta decididamente contra el aborto, pues habla en nombre de quien tiene “las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap 1,18).

 

La barca de la Iglesia navega con firmeza, dice Santo Tomás, no sólo por estar fundada y capitaneada por Cristo, sino también por no haber sucumbido nunca a las olas que parecieron más de una vez hundirla. “Se prueba la firme solidez de una casa cuando, por más que se la sacude, no se la puede destruir” y  vaya si se la puso a prueba en estos días a la Iglesia. En estas horas decisivas el Pueblo de Dios recobra con todo su fuerza su identidad de Iglesia Militante y se lanza al campo de batalla organizando por todos los rincones del país Misas, Adoraciones, Rosarios, manifestaciones, pues, siguiendo al Aquinate, “la Iglesia es como una torre que protege al que lucha contra el diablo y por eso el diablo dirige sus principales esfuerzos a la destrucción de la Iglesia; pero no prevalecerá, porque el Señor dijo: “Y la puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, como diciendo “Lucharán contra ti, pero no te vencerán”.

 

Así se entiende como los sicarios abortistas se empeñen con tanta fiereza en atacar a la Iglesia mientras intrigan por debajo para aprobar la ley. Cuando veas los miles de pañuelos verdes gritando por la calle no olvides que son apenas la punta de lanza de poderes ocultos, pobres orcos confundidos que responden inconscientes a Mordor. No peleamos contra ellos, argentinos como nosotros, sino contra el mismo homicida –y abortista– desde el principio. Toda una nación vela esta noche con los mismos sentimientos de Cristo aguardando la batalla. Batalla interior únicamente ganada con caridad. Dice san Pablo “Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, potestades, dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire” (Ef 5,11). Prepárate, entonces, porque tu teléfono también sonará e inevitablemente enfrentarás dragones. Pero prepárate, entonces, para vencerlo a fuerza de bien, porque, salga como salga la votación, daremos el combate con la misma arma con la que la Vida venció definitivamente a la muerte: con el Amor.

 

Matías Poccioni

Seminarista de Fasta

Asesor de la SITA Joven

 

 

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