Aborto: Necesitamos absolutos, necesitamos verdad

May 13, 2018

 

En el Congreso de la Nación Argentina se debate la ley del aborto, y muchos —pro-aborto y pro-vida— han estado yendo estas últimas semanas a hablar. De entre las opiniones pro-aborto me llamó la atención la intervención de Darío Sztajnszrajber. Es un filósofo que invita a hacer "política y no metafísica" a la hora de hablar sobre el aborto. En síntesis, propone que en el debate renunciemos a hacernos preguntas profundas —como cuándo empieza la vida— y nos ocupemos de la realidad urgente: las mujeres abortan, e impedírselo es imponerles una mirada sobre la realidad que ellas no comparten. En suma, ellas tienen una verdad: "yo tengo derecho a decidir", e impedirles el acceso aborto es un acto de violencia: es imponerles una verdad que no es suya. Aquí sus palabras:

 

"Saquemos a la verdad de la cuestión pública, pongámosla entre paréntesis. En nombre de la verdad se han cometido los más grandes exterminios de la historia. No pueden convivir nunca la democracia y los absolutos. No pueden convivir nunca la democracia y la verdad. Es que si hay una verdad y alguien cree poseerla, entonces al otro se lo ningunea, se le quita entidad (y automáticamente se lo convierte en un enemigo o en un ignorante o en un asesino)."

 

Me quedo con esto: "No pueden convivir nunca la democracia y la verdad". Totalmente en desacuerdo. No puede haber democracia sin absolutos. No puede haber democracia sin verdad. ¿Cómo así?

 

Necesitamos verdad

 

Según Santo Tomás, la verdad es la adecuación entre el intelecto y la realidad. Es decir, si lo que pienso —y, en consecuencia, digo— se ajusta a la realidad, entonces eso que pienso o digo es verdad. Por ejemplo, si digo que no copié en un examen y sí copié, miento: no digo la verdad. Y esto es así en Argentina, en Perú, en la China y en Júpiter. Ciertamente hay cosas que son opinables. "El mejor café del mundo es el Caramel Macchiato de Starbucks." Esto, para mí, es verdad. En serio. Pero sé que la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia me saltaría al cuello. ¿Por qué? Porque, para ellos, eso no es verdad. Y seguramente ellos tienen criterios mejores para estar en lo cierto. En suma, lo que yo quiero decir es que el Caramel Macchiato de Starbucks me gusta, y eso es verdad. Pero en materia de gustos no puede haber verdades absolutas, porque en este ámbito el criterio último de valoración es la vivencia interior de cada uno, y esta es intransferible.

 

En democracia, en cambio, necesitamos absolutos, necesitamos verdades que sean así y no puedan ser de otro modo, y que esto sea así para todos y en toda circunstancia. ¿Por qué? Porque sin verdades absolutas la democracia corre el riesgo de convertirse en la dictadura de la mayoría. Precisamente esas verdades se levantan como un límite que ni siquiera lo que decide la mayoría puede traspasar. La verdad fundamental: la dignidad del ser humano. Es decir, todo ser humano es igualmente digno, todo ser humano es valioso, toda vida importa, y esto es verdad. Si esto no fuera así, ¿qué impediría que la mayoría se ensañe con las minorías? ¿Qué impediría que se vote que tal grupo social, racial o etario deba ser exterminado? El problema de Hitler no fue que quiso imponer su verdad sobre las verdades de los otros. El problema de Hitler fue que negó que existía una verdad absoluta, y por eso pudo hacer de su capricho la única verdad.

 

Es triste que sometamos a discusión la vida, el valor de un grupo de seres humanos. Pero si lo vamos a discutir, hagamos que la discusión valga la pena: busquemos la verdad. "Yo soy libre, yo decido." Esto es verdad. Pero también es cierto que ningún derecho es absoluto, y menos cuando entra en conflicto con uno que lo precede y lo sostiene, como es la vida —pues si no estoy vivo, nada puedo decidir—. Una semilla no es un árbol, cierto, de igual modo que el cigoto de Usain Bolt no era todavía un atleta. ¿Pero decir que no era ser humano? ¿Entonces, qué era? ¿Una langosta? Sometamos a votación y decidamos que el veneno no es veneno. Pero eso sí, tomada la decisión, que lo beba otro. Sólo por si acaso.

 

Daniel Torres Cox

Diácono de FASTA

Director de Formación de la SITA Joven

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