¡Eh, maleducáu!

October 9, 2017

 

¿Qué es la educación?[i] Ríos y ríos de tinta han corrido en las últimas décadas intentando responder esta pregunta. Se han ensayado miles de definiciones que —perdón, pedagogos: alguien debe decirlo— han arrebatado infinitos bostezos en las aulas de los profesorados. Y, sin embargo, la cuestión ya fue zanjada hace siglos. O, al menos, un aspecto ya está zanjado. Pues el tema de la educación abarca dos planos: uno, estable y definitivo; el otro, vertiginosamente cambiante. El aspecto estable de la educación es el que, decíamos, ya fue resuelto: nos referimos a la naturaleza de la educación, así como a la de los actores que intervienen en ella. Santo Tomás brindó una definición de educación que hace que las demás definiciones sean: a) o bien, notas al pie para la definición tomista; b) o bien, definiciones reduccionistas —menos abarcativas que la de nuestro santo—; c) o bien, definiciones erradas. Asimismo, el Aquinate brindó un magnífico armazón conceptual sobre la naturaleza del ser humano —único ser educable—, el cual no puede ser ignorado a la hora de hablar de educación.

 

Conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en tanto hombre, que es el estado de virtud. Tal es la definición tomista. Sencilla y clara: educar es guiar a alguien en el proceso de formación de virtudes. Tan simple. Y a la vez tan complejo (complejo de comprender, y tanto más de ejecutar). Decíamos recién —con plena convicción— que las demás definiciones pueden ser aclaratorias, reduccionistas o totalmente erradas.

 

Una definición de educación distinta a la de Santo Tomás puede ser aclaratoria cuando explicita algo que se encontraba implícito en la definición tomista. También podría ser aquella que la complementa en algo accidental. Pero, en esencia, no agrega demasiado ni la contradice.

 

Reduccionistas serán aquellas definiciones que señalen acertadamente a la educación como una mejora de algún aspecto de la persona humana. De un aspecto, sí. Mas no de todo el individuo. Y aquí es donde se evidencia aún más la grandeza de la definición de Santo Tomás: concibe a la educación como una mejora ontológica del ser humano (“perfección del hombre en tanto hombre”).

 

Errada será, finalmente, la definición que vea a la educación como algo contrario al bien y a la verdad (y, por tanto, contrario a la virtud). Tal es el caso de muchas definiciones que han surgido en el siglo XX tanto desde el colectivismo marxista, como del individualismo liberal. Estos dos hijos del materialismo hacen estragos cuando se meten en los libros de educación. Pues de allí saltan a las aulas, y de las aulas a los hogares.

 

Decíamos arriba que, además de este aspecto semper eadem —“siempre igual”—  de la educación, contamos con otro aspecto totalmente cambiante: nos referimos a la cultura y al mundo social. La esencia humana no cambia. Pero los recursos tecnológicos, las condiciones de vida y los modos de enseñar sí. Las virtudes podrán ser siempre las mismas, pero el modo de acompañar a otros a acceder a ellas está condicionado por todo aquello que hace a la sociedad y a la cultura. Los esnobismos pedagógicos caen en el error de querer redefinir una y mil veces —arribando a la nada misma— lo que ya fue definido hace siglos. Otro error suyo está en reducir todo el fenómeno educativo a estos elementos (la cultura y el contexto social). Son fundamentales, sí. Pero no son LA educación.

 

Una vez más, Santo Tomás tiene mucho para enseñarle al mundo de hoy. Educar es guiar —ducere— hacia la virtud, y el modelo de todas las virtudes está en la Cruz de Cristo. Un proceso de educación pleno se hace de cara al crucifijo, de rodillas frente al sagrario.

 

Pablo Grossi

SITA Argentina

 

 

[i] Para profundizar en el tema de la educación recomendamos algunos libros: “Los desafíos del aprendizaje”, de Graciela Hernández de Lamas; “Pedagogía y educación”, de Antonio Caponnetto; “La filosofía de la educación”, de Juan Carlos Pablo Ballesteros; “Hacia una teología de la educación”, de Francisco Muscará; “Filosofía de la educación”, de Ángel González Álvarez; así como toda la obra de Víctor García Hoz.

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