El otro como misterio

Todas nuestras relaciones interpersonales profundas reposan sobre un misterio: la persona que tengo en frente. Desde que la inteligencia del hombre no puede alcanzar la interioridad de los demás el único camino para cultivar el amor entre dos personas es la fe.

 

“Si el hombre solo quisiera creer lo que conoce por sí mismo, no podría vivir en este mundo. ¿Cómo se podría vivir sin creerle a nadie? Ni siquiera creería que su padre fuese realmente su padre. En esas cosas que él no puede conocer por sí mismo, es necesario creerle a alguien más.” [1]

 

Todos nosotros en nuestra vida cotidiana nos valemos de la fe. Desde lo más superficial, como creerle al quiosquero que dentro del paquete hay confites, hasta lo más profundo, como creer en la palabra de un amigo. Profundicemos en esto…

 

La fe es creerle algo a alguien. Pero uno no cree cualquier cosa ni a cualquier persona: la fe no es irracional. Más bien se cree lo que es razonable, lo que no es imposible, aunque no se tenga evidencia. Pero, ¿por qué se cree? Por el testimonio. La falta de pruebas la suple la confianza en esa persona, ese “alguien”, a quien le creo. Pero tampoco se trata de algo arbitrario, sino que uno cree a aquel que tiene autoridad, que dio muestras de merecer confianza.

 

Ahora bien, entre las “cosas que [el hombre] no puede conocer por sí mismo” sino que cree, está el interior de las personas. Cada una encierra un misterio. Son esos recuerdos, pensamientos, gustos, deseos, intenciones y amores que solo ella conoce. Su interioridad no puede descubrirla ningún estudio, análisis o interrogatorio: la única forma de alcanzarla es que ella misma nos la revele. Esta confidencia por la que una persona nos abre su corazón nos introduce en el misterio; no hay evidencias, y por tanto reclama nuestra fe.

 

Pero, ¿cómo creerle? Aunque tengamos signos de que la persona no nos esta mintiendo, de que su intención es recta, ¿por qué creerle? Ante esta pregunta nos sorprende una verdad: la fe aumenta cuando hay amor. Pues cuando no tengo evidencia y decido creer a otro, pongo en manos de esa persona mis ojos, mi inteligencia. Yo no veo, no alcanzo a entender, pero confío en que ella sí. Y como la inteligencia es la guía de mis acciones, al entregarla, entrego también toda mi persona. Dar algo tan propio y tan profundo solo puede hacerse en plenitud cuando se ama: es un gran acto de amor. Por tanto, el amor potencia la fe, la hace íntegra, la transforma en ofrenda de toda la persona.

 

Pero así como el amor hace crecer la fe, también sucede a la inversa. Pues, como dijimos, la fe nos permite alcanzar el misterio de la interioridad del otro, nos permite conocerlo. En definitiva, la fe es la única manera de conocer verdaderamente a una persona. Pero sucede que para amar a alguien se necesita conocerlo, y en la medida en que más se lo conoce más se lo puede amar. Se trata de conocer lo bueno y lo malo; lo primero alimenta nuestro amor, lo segundo reclama nuestra misericordia. Amar sin conocer no nos permitiría superar un mero sentimentalismo. Por el contrario, cuando hay mutua manifestación de la interioridad y mutua confianza el amor adquiere mayor fundamento.

 

Por último observemos que lo dicho hasta aquí tiene múltiples campos de aplicación. Vale para la relación entre hermanos, para el noviazgo, el matrimonio, o cualquier otra relación de amistad. Pero particularmente vale para la relación del hombre con Dios. ¿Quién es Dios? ¿Cómo podemos conocerlo? El misterio personal de Dios y su plan de salvación para cada hombre no es algo que podamos conocer por nuestras propias fuerzas. Pero Él, en su infinita misericordia, nos lo ha revelado y esa revelación se sigue transmitiendo a través de la Iglesia. Lo que nos toca es aceptar esta verdad con una fe impregnada de amor. “Por la fe, el alma cristiana se une a Dios, pues por ella realiza como cierto matrimonio con Dios”. [2]

 

Juan Ignacio Rodríguez Barnés

Seminarista de FASTA

Comisión de Teología

 

[1] Santo Tomás, Proemio del comentario al Credo.

[2] Santo Tomás, Proemio del comentario al Credo.

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