Género y un viaje a Playa del Carmen

August 14, 2018

 

¿Qué es primero, el ser o la idea? Dicho de otro modo, ¿las cosas existen y las conozco como ellas son, o ellas son lo que yo quiero que sean? Toda ideología responde a esta pregunta con la pierna en alto. En efecto, para la ideología lo primero no es la realidad, sino la idea que tengo de la realidad. La ideología se pone lentes amarillos y dice que la realidad es amarilla. La ideología fabrica el cajón, y sólo luego mide al muerto: si éste es más corto, lo estira; si es más largo, le corta las piernas. La ideología de género no es la excepción.

 

Para la ideología de género, el dato natural es irrelevante. Lo que cuenta es cómo me percibo. No importa la realidad —lo que soy—, sino la idea —lo que creo que soy, o lo que quiero ser—. Puedo nacer varón y sentirme mujer; y entonces soy mujer. Quiero que mi sexo fenotípico coincida con esa autopercepción y me opero, y entonces soy una mujer transexual. De pronto me vuelven a gustar las mujeres, y entonces soy una mujer-transexual-lesbiana. Y si ya no estoy seguro, siempre puedo autopercibirme como bigénero, poligénero, agénero, intergénero, o la vieja confiable: género fluido.

 

No pretendo con este post hacer calificaciones morales sobre los varones o mujeres a los que les guste alguien de su mismo sexo. A lo que voy con esto es que un varón al que le gusta otro varón no deja de ser varón; y lo mismo una mujer. Es un varón que siente atracción por su mismo sexo, y no algún tipo de constructo.

 

Percepción y libertad

 

Si alguien percibe que las manzanas son elefantes es su problema: que las perciba como quiera. Pero si esa persona me dice que tengo que llamar elefante a las manzanas y que la sociedad debe establecer mecanismos —incluso legales— para que así sea, la cosa cambia. "Yo soy libre de percibir las manzanas como elefantes si quiero." Pero si yo percibo las manzanas como manzanas, ¿por qué imponer tu percepción sobre la mía?

 

Que la realidad sea lo que es y no lo que yo quiero que sea no es un límite a mi libertad: es un resguardo, una garantía. Si soy lo que percibo y me percibo pájaro y pretendo salir volando por la ventana del tercer piso, la realidad se impone. Si alguien me dice: "No, no eres pájaro", no me quita libertad: me preserva de reventarme los dientes contra el pavimento. "Pero nadie se autopercibe pájaro", dirá alguno. No, pero sí "no-binario-trans-inter-bi-género-fluído". Eso sí es razonable, ¿no?

 

¿Cuál es el límite?

 

Si la base natural no cuenta, si prima la idea, la percepción, ¿cuál es el límite? Hoy me percibo varón, mañana mujer, y luego ambos al mismo tiempo y eso se toma como válido. ¿Y si me percibo no-persona? ¿Pueden venderme por dinero? "No, eso no es posible", dirá alguno. Pero si lo que soy se funda en mi autopercepción, mi dignidad se funda también en ella. Y si el valor de la dignidad depende de la percepción, ¿qué impide que pasemos de la autopercepción a la percepción del otro? El otro ya no es lo que es, sino lo que yo quiero que sea, y tiene el valor que yo decido darle. A Hitler le hubiera encantado la ideología de género.

 

"Nací varón pero me siento mujer, págame una operación de cambio de sexo". ¿Razonable? "Sin mi brazo izquierdo me siento más pleno, págame una operación para cortármelo." Pero seamos más creativos. "Me siento delfín y quiero ir a nadar con mis amigos, ¿me pagas un viaje a Playa del Carmen?" "Me siento Presidente de la Nación, ¿por qué el Estado no me paga el sueldo que me corresponde? Y me ofende que no me llames Señor presidente". Si lo primero es válido, ¿por qué lo demás no?

 

Daniel Torres Cox

Diácono de FASTA

Director de Formación de la SITA Joven

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