Intolerantes

May 22, 2018

 

En este último tiempo, la ideología del feminismo ha cabalgado mucho a lomo de conceptos como "libertad de expresión", "apertura al diálogo" y "tolerancia", la omnipotente solucionadora de todo tipo de conflictos.

 

Santo Tomás nos dice que la tolerancia es soportar un mal menor en vistas a un bien mayor. Esto quiere decir que hay cierto tipo de males que son “tolerados” para que no sean impedidos otros bienes o para evitar males mayores (Suma Teológica, II-II, q10, a11). Dicho en criollo, si hablamos de tolerar, estamos admitiendo que hay algo que está mal, pero decidimos soportarlo porque si no lo hiciéramos el daño sería mayor.

 

Por ejemplo, el estado tolera que la gente arroje papeles o basura en la calle aunque esté mal, porque si no tendría que andar haciendo multas y poniendo preso a todo el que tire un papel de caramelo al piso, lo cual sería virtualmente imposible de llevar a cabo de un modo justo. Para evitar el descontento social y el sinfín de problemas que esto traería, se tolera esta conducta, aunque no sea correcta.

 

Pero el Aquinate nos advierte que la tolerancia es lo último a lo que se debe recurrir para evitar un mal mayor. Antes se debe intentar por todos los medios corregir el error y buscar llegar al bien de manera directa, esto es —en el caso de los gobernantes—, el prohibir que una determinada acción se lleve a cabo y que su desacato esté penado por la ley.

 

Con respecto a los “valores” que propugna la ideología feminista (matrimonio entre personas del mismo sexo y el último grito de la moda de libración femenina: aborto seguro legal y gratuito) queda claro entonces que el concepto de tolerancia no se puede aplicar. “¡Qué intolerante, con esta persona no se puede dialogar, sáquenlo de este espacio, hagámosle un escrache!”

 

Sí, señores, hay cosas que no se deben tolerar. Precisamente porque el mal propuesto —aborto legal— puede ser evitado por otros medios —educación y ley de adopción— y el mal que conllevaría —un estado legitimando el homicidio— es mucho más grande que si se decidiera “tolerar” a una minoría no representativa realizar lo que les viene en mente.

 

Nótese que quienes más hacen hincapié en la tolerancia son los primeros en no tolerar a quien ose emitir una opinión contraria a lo que defienden. Recuerdo que en la primaria la maestra de lengua hablaba de “coherencia y cohesión”, nunca viene mal desempolvar los viejos cuadernos.

 

Por otra parte, para entablar un diálogo con representantes de una postura opuesta a la propia es necesario una apertura de la parte contraria. Pero si la feminista o el feministo (¿se dirá así?) de entrada me tacha de heteropatriarcal fascista por mis opiniones "retrógradas" no existe mucha posibilidad de llegar a algún punto en común.

 

“Para quien quiere creer tengo mil pruebas, para quien no, no tengo ninguna”, decía San Agustín. Poco es posible agregarle a esto. Por no tolerar comportamientos viciosos hace más de dos mil años Jesús tampoco fue tolerado. La defensa de la vida no es posible “tolerando” la muerte, sino anunciando la verdad a viva voz y mostrando el bien mediante el ejemplo.

 

Marcos Rial

Director de Investigación de la SITA Joven

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