La fe de los escépticos

September 10, 2017

 

Creer es asumir algo como verdadero, a pesar de que no se esté frente a la evidencia racional. Cuando se cree, hay algo que se cree a alguien. La fe es, principalmente, virtud teologal: un don que Dios nos regala, que debemos cultivar, y conforme al cual debemos vivir. Es uno de los elementos necesarios para entrar en el Cielo. Pero existe también una fe humana, natural, sin la cual nadie podría vivir, siquiera, en el plano natural. No es viable la dinámica de la vida cotidiana —en cualquier lugar, en cualquier época, en cualquier circunstancia— sin hacer permanentes actos de fe. Todos, forzosamente, creemos en algo.

 

¿Fe? ¡Ya fue!

 

―¿Creer? ¡Estamos en el siglo XXI! La fe es cosa de viejas, por favor… tuvo su valor —hay que reconocerlo— antes del desarrollo de las ciencias: la gente necesitaba una explicación para todo. Pero hoy… hoy la sociedad evolucionó, y ya estamos para otra cosa. Otro paradigma. Ya no hace falta creer, como tampoco es necesario hacer afirmaciones tajantes, definitivas, concluyentes. La tolerancia nos lleva a ponderar todas las afirmaciones como igualmente válidas. No hay verdades: sólo opiniones. Quien pretenda decir otra cosa estará siendo violento. Pues afirmar que hay verdad nos lleva, inevitablemente, a querer imponer nuestras verdades a los demás. ¿Que quién afirma eso? Lo afirmo yo, el doctor Juan Posmo.

 

Juan Posmo está por todos lados y se viste de mil maneras. Algunas veces lo vemos con un viejo mameluco enchastrado de grasa, tirado debajo de un auto en un taller poco decoroso; otras, es un antropólogo que manda indignadas cartas de lectores; hay días en que habla en la tele y en la radio, y después da una entrevista; también se disfraza de oficinista apurado; otras veces es opinólogo en las redes sociales. En fin, es cualquier hijo de vecino. ¿Quién no conoce a un simpático y boncachón Juan Posmo? Para esta ocasión se ha vestido de médico: el doctor Juan Posmo.

 

Sea cual sea su vestimenta, hay un detalle que siempre lo acompaña: le encanta rezar uno de los dogmas fundantes de los tiempos que corren: la fe es cosa del pasado.

 

Poniéndose al día… con ideas del siglo XVIII

 

Esta idea se empezó a gestar en los albores de la modernidad. La razón, autosuficiente y encerrada en sí misma, bastaba para explicar la totalidad de lo real mediante silogismos, números y evidencias. Ya no era necesario recurrir a una revelación sobrenatural. En los siglos XVIII y XIX se terminó de consolidar la desaparición de la fe, y las diversas ideologías fueron reemplazando el lugar que esta había ocupado en la sociedad. Pero, con las grandes guerras del XX, tambalearon también las certezas y la confianza en la razón. Entonces llegó la desaparición de todas las certezas. Y en esta barrida, ya no se deja de lado solo a la fe, sino también a la razón.

 

El hombre posmoderno es un hombre escéptico. Se dice demoledor. Deconstructor, le gusta proclamarse. Se regodea en llevar su martillo de un lado a otro. Pues bien: esta demolición es aparente. Es una pose pseudointelectual, pura corrección política. No es aplicable y no sirve para la vida. ¿Por qué? En primer lugar, porque como seres racionales, todos usamos la razón y tenemos certezas. En segundo lugar, porque todos tenemos fe.

 

Un tipo como cualquiera

 

Juan Posmo cocina todos los días. Ojo, a veces pasa por la pizzería. Y en ambos casos hace actos de fe: fe en el frescor de los lácteos que le compra al supermercado chino, fe en la materia prima que usan los de Uggis en las pizzas. También carga la tarjeta SUBE cuando le va quedando poco saldo.

 

Preferentemente, la carga a principio de mes, apenas le depositan el sueldo. Porque tiene un sueldo: trabaja en el Hospital Garrahan. Un poco injusto el sueldo, pero es lo que hay. Y él tiene fe en que, mes a mes, ese sueldo es depositado en el banco.

 

Juan Posmo es pediatra. Un gran pediatra, que atiende a muchos niños por día. Les regala caramelos y globos hechos con guantes de látex inflados. Los chicos lo quieren. Él los pesa, los mide, los revisa. Revisa los pañales y su contenido. Les firma recetas y órdenes de vacunación a las mamás. Y después, después de hacer todo esto, se junta con sus compañeros del posgrado a tomar cerveza. Y repiten todos sin parar: “No hay certezas, no hay certezas, no hay certezas; deconstruir, deconstruir, deconstruir; viva la posverdad; no hay razón, no hay, no”.

 

Las creíbles creencias de los incrédulos

 

Pero claro, en su obrar cotidiano, Juan se comporta siguiendo certezas. Él dice que no. Pero, en su conducta diaria, en la vida de verdad, se le escapan certezas todo el tiempo: obra a cada rato como si estuviera muy seguro de todo lo que hace: de las recetas que firma, de las enfermedades que diagnostica, del teléfono al que llama, de la pizza que se come. Y las mamás de los niños que él atiende tienen mucha fe en él. Ellas no saben nada de medicina. Tampoco saben si él es verdaderamente médico —nunca nadie vio el título, que está colgado en el living de la casa de su papá… bueno, del señor al que él llamó papá toda la vida, aunque nunca se hizo un ADN para verificar el parentesco—. Las mamás de sus pacientitos confían en que están en buenas manos. Y cuando a Juan le llegan muestras gratis de ibuprofeno pediátrico que le trae el visitador médico, él confía en que, efectivamente, se trata de ibuprofeno pediátrico. Las reparte sin someterlas a un análisis de laboratorio. Y cuando habla con su novia, la deconstrucción desaparece y las certezas los envuelven a los dos. Y cree de todo: cree que ella se olvidó de su ex. Cree que anoche estuvo en la casa de su mejor amiga —porque, efectivamente, allí estuvo ella—. Cree, en fin, que ella lo ama profundamente.

 

¿Está el esceptiquísimo doctor Posmo frente a la evidencia racional de todo esto? No. Pero lo cree. Lo cree fervientemente. Si de repente alguien le señalara todas estas certezas y le dijera "Che, mirá que tenés muchas certezas que rigen tu vida", él lo rechazaría rotundamente, y las rotularía como “opiniones vitales”. Claro, sobre las cuales funda su obrar y su sentir en el día a día, que le dan sentido a su existencia... casi casi como si fueran verdades, ¿no?

 

Y al final de la jornada acomoda, más o menos, unos papeles en el cajón —“Mañana los ordeno”, dice todos los días—. Guarda la compu y apaga la luz. Agarra el paraguas y la mochila, y se va para su casa. Menos mal que le creyó al pronóstico que le anticipó el celular: llueve a baldes. El agua y el viento lo acarician cuando baja, a los empujones, del 132. Y, muerto de hambre, llega a su casa. Con muchas dudas en la boca y en su muro de Facebook. Pero con muchas certezas. Certezas en su vida de todos los días… y en su alma posmoderna. Posmoderna, pero —al fin y al cabo— humana.

 

Pablo Grossi

SITA Argentina

 

 

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