Reflexiones sobre la felicidad

 Siempre que se nos presenta una cuestión de difícil discernimiento me parece que hay dos modos de afrontarla, y más aún cuando se trata de algo tan humano y profundo como la felicidad. El primero puede ser uno más académico, donde el enfoque recae en qué se entiende por la noción. El segundo modo es uno más que nada vivencial, que parte desde la experiencia. No hay que confundirse y asumir que son contradictorios o suplementarios; más bien, ambos son distintos pero complementarios. 

 

En el presente artículo se intentará echar luz a la cuestión de la felicidad, aunque es más que claro que el tema no se abarcará en todos sus límites. Y más allá de las reflexiones personales que se puedan ir haciendo a lo largo del artículo, siempre nos apoyaremos en el pensamiento del buen compañero Santo Tomás de Aquino.

 

¡Arranquemos! Si uno agarra uno de esos pesados y grandes diccionarios etimológicos y busca ahí la palabra felicidad, se podría encontrar con algo semejante a esto: palabra que tiene sus raíces del griego eudaimonía y del latín felicitas. Felicitas a su vez se deriva de felix; es decir, fértil y fecundo —como primera acepción—, y dichoso, favorable o benevolente. Ante esto, se nos presentan ideas que tienen relación con una paz que colma el espíritu, una satisfacción que atiborra toda la conciencia, un goce que nos destierra de lo cotidiano. Pero también se nos remarca que la felicidad es como una tierra fértil donde puede crecer un fruto bueno y duradero. Hay, pues, un sabor a tránsito, y eso se debe a que no se trata solo de un estado, sino también de una acción. No solo soy pasivamente feliz como algo que viene a mí sin hacer nada, sino que uno actúa en pos de la felicidad, la busca y se esfuerza por conseguirla (o por lo menos así debiera ser).

 

Si le pudiéramos preguntar a Santo Tomas qué es la felicidad él nos diría que es el fin, el propósito del hombre. Esto es fácil de entender a la luz de lo que cada uno ha experimentado en momentos felices, y cómo nació en nosotros en esos instantes el deseo de perpetuidad del momento. Pero, ¿qué felicidad? ¿Dónde la encuentro? ¿Cómo la conservo? Santo Tomás, en su Tratado de la bienaventuranza, trata precisamente estas cuestiones y muchas otras más. De ellas, trataré de rescatar las cosas más llamativas, y mostrar su actualidad al traerlas a nuestros días.

 

De muchas cosas podemos decir que no son la felicidad, aunque pueden parecérsele o al menos ser medios para alcanzarla. Todo lo que se refiere a riquezas, placeres, glorias y famas, honores y poder, bienes del cuerpo, bienes en general, etc.; todo lo descartamos como LA FELICIDAD. Más de uno puede estar pensando que nada malo hay en estas cosas en sí mismas ya que  Dios las ha creado y las sostiene en su creación.  Esto es exacto. La parte que a veces nos olvidamos es que generalmente no nos comportamos respecto de ellas de modo adecuado y les damos más importancia de la que merecen. Así, muchas veces las convertimos de medios para la felicidad a medios para el vicio y el pecado.

 

Además, algo que es fundamental es el hecho de su duración. En párrafos más arriba decíamos que en la felicidad hay un deseo de perpetuidad. La experiencia nos dice que siempre queremos más felicidad y todavía más, como si un fondo de nosotros nunca se terminara de colmar. La razón, me parece, es que todos esos medios son solo eso: medios, pero nunca fines. Más aun, dada su finitud, son temporales. Esto nos hace desembocar en que la felicidad plena está más allá, en algo trascendente; o mejor, en Alguien trascendente. La verdadera pregunta es entonces: ¿Estoy dispuesto a jugármela por ella?

 

Joaquín González Zapiola

Comisión de filosofía

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