Un destino de libertad

August 27, 2017

 

¿Son las decisiones que tomamos las que determinan quiénes somos o está nuestro destino trazado de antemano sin importar lo que hagamos? Muchas veces, ante diversas situaciones, solemos hacernos esta pregunta. Por momentos creemos que somos los dueños absolutos de nuestras vidas y que, queriendo algo, lo vamos a lograr; y otras veces estamos convencidos de que, hagamos lo que hagamos, no podemos cambiar el resultado de los acontecimientos y nos resignamos al “destino”.

 

Retomando la pregunta inicial daremos una respuesta al estilo de Santo Tomás de Aquino: en parte lo primero y en parte lo segundo. Esto, lejos de parecer un modo de contentar a todo el mundo y lavarse las manos, nos permite hacer lo que el Aquinate nunca se cansó de hacer: distinguir. Es preciso distinguir. Ambas proposiciones de la pregunta tienen algo de verdad. Por una parte, es cierto que somos libres y que nuestras decisiones configuran nuestro camino; y por otra, es cierto asimismo que nuestra libertad no es absoluta y que estamos determinados en cierto modo por un “destino”.

 

Comencemos analizando la primera parte de la pregunta. El hombre es un animal racional, esto significa que estamos dotados de facultades racionales que nos diferencian de los animales irracionales, a saber, inteligencia y voluntad. El hecho de tener voluntad implica poseer libertad, esto es, capacidad de elegir entre los bienes. Los animales no eligen, simplemente actúan por instinto. Si somos libres, somos capaces de determinarnos de una manera u otra. Por ejemplo: si tenemos hambre podemos decidir si comemos un asado o milanesas a la napolitana, también podemos decidir si lo comemos ahora o esperamos a un momento más propicio. El animal no: si el león siente hambre irá a buscar inmediatamente al animal indefenso que se halle más cercano a él. En resumen, nuestra libertad determina nuestras decisiones; y estas determinan nuestro camino, pero no absolutamente, y es aquí cuando pasamos a la segunda pate de la pregunta inicial.

 

Si bien afirmamos que por ser racionales somos libres, es preciso destacar que no somos libres en todo sentido: hay cosas que no nos es posible elegir. Nuestra libertad nos permite elegir los medios para llegar a los fines e incluso elegir fines intermedios que alcanzar. Por ejemplo: recibirnos de una carrera universitaria, tener un determinado trabajo o formar una familia. Pero no nos es posible determinar nuestro fin último, porque este depende de nuestra naturaleza, y esto es algo que no hemos elegido ya que nacemos con ella.

 

¿Cuál es el fin último del hombre? ¿Cuál es la tendencia común compartida por todo hombre en todo el mundo y en todos los tiempos? La felicidad. Todos queremos ser felices, y esto no lo hemos determinado nosotros. Nosotros determinamos los medios para alcanzarla según nuestras individualidades, tendencias y vocaciones personales, pero el fin es invariable.

 

¿Qué es en última instancia aquello que nos hace felices? Algo que corresponda a nuestra naturaleza, que como ya hemos dicho, no la elegimos; algo que la llene y la haga plena en todo sentido. Dejemos que la claridad y riqueza de San Agustín nos de la respuesta: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Ti”. En una palabra, el fin último del hombre es Dios, porque hemos sido creados por Él y para Él.

 

¿Cuál es la respuesta, entonces, a la pregunta del comienzo? Somos libres y nuestras decisiones forjan nuestro camino y quiénes somos, y también existe cierto “destino” al cual es hora de llamarlo con su nombre propio, la Divina Providencia, que nos guía y acompaña para que nuestras decisiones sean acordes a nuestro fin último, siempre respetando nuestra libertad. Dios nos creó libres para que podamos elegirlo a Él y de este modo ser felices y realizar nuestro fin último.

 

Marcos Rial

Director de Comisiones de la SITA Joven

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