Un viejo poema de amor

June 3, 2018

 

La coalición de nubarrones grises que lentamente avanza sobre nuestra ciudad siempre encontrará una brecha de luz en un sencillo poema de amor. Cientos de planes exitosos en maniatar al hombre se reconocen impotentes frente a unas pocas líneas inspiradas, que inconscientes, reivindican la soberanía de Adán. La dulce ingenuidad de los versos se presenta entonces como el último canto de libertad de la humanidad, pues el hombre nunca es más hombre que cuando su logos expresa gratitud, cuando su poesía destila amor. Es esa experiencia casi vergonzosa de sentirse confirmado y rescatado por el otro, a pesar de nuestras fealdades, la que impulsa desde el comienzo a escribir sobre el regalo esencial. Y entre esa legión de escritores que a lo largo de la historia han mantenido a raya al enemigo se encuentra sin lugar a dudas Tomás de Aquino, el santo enamorado del Amor de los amores, el poeta del Santísimo Sacramento. Tan vulnerable se siente ante la belleza de la Eucaristía, que no le alcanza haber compuesto el oficio litúrgico de Corpus Christi, sino que, resignando su viril pudor, derrama definitivamente su corazón escribiendo el Adoro te devote, tierno poema en honor a Jesús Sacramentado.

 

El permanente pulso que sostiene y anima toda la poesía es la fe en la presencia real de Cristo, presencia que provoca inquietantes suspiros de amor. Se trata de saciar esa inmensa sed de felicidad contemplando al Amado, pero la contemplación en esta vida es imperfecta y aquí el Señor se muestra y esconde al mismo tiempo en el claro-oscuro de la fe. Este misterioso “ya, pero todavía no” es la obertura del himno: “Adoro te devote, latens Deitas”, es decir, “te adoro con devoción, Dios escondido”. El Señor se esconde en el pan, se oculta para dejarse encontrar y sin embargo su esconderse es una prueba a la fe, que la incita y agiganta. Pero nosotros “hemos creído en el Amor" (1 Jn 4, 16) dice Juan y entonces el misterio, sin dejar de seguir velado, se vuelve luminoso porque vemos en su abajamiento aquel amor hasta el extremo de Jesús, que nos entrega su Cuerpo y Sangre en este admirable sacramento para que tengamos Vida en Él. Y entonces la fe inflama al enamorado que suspira: “A ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte”.

 

Cantar de los Cantares

 

Quizás un velado comentario de Tomás al Cantar de los Cantares se esconde en el Adoro te devote. Pues dice la Esposa del Cantar: “Busqué al amor de mi alma, lo busqué y no lo encontré. ¿Habéis visto al amor de mi alma? (…) Muchachas de Jerusalén, os conjuro que si encontráis a mi amado le digáis que estoy enferma de amor” (Ct 3, 2-3; 5, 8). Pero el Esposo nunca se fue, responde el Aquinate, siempre estuvo ahí, “oculto verdaderamente bajo estas apariencias”. Y aunque la vista, el tacto y el gusto resulten impotentes para descubrirte, “basta el oído para creer con firmeza”, pues su Palabra es la suave brisa que delata su presencia. Salta entonces la Esposa gritando “¡Escucho una voz! Es mi amado que ya llega” (Ct 2, 8) y Tomás le completa con firmeza: “creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada más verdadero que esta Palabra de verdad”.

 

Pero esta Palabra de verdad no es cualquier palabra sino una que inspira Amor. Lejos de vacíos versos edulcorados, amor real y comprometido. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 3) y por lo tanto el sacramento de la caridad no podía no ser el sacramento de la Pasión. “Oh memorial de la muerte del Señor” sigue cantando el poeta, pues la Eucaristía es el verdadero y único sacrificio y así, el Cordero pascual, inmolado por nosotros, se alza como su principal figura. Por eso Santo Tomás, mirando en el Pan al Crucificado y en el Crucificado al Señor, solo atina a pedir conmovido “lo que pidió aquel ladrón arrepentido”: Acuérdate de mí, o en los labios de la Esposa del Cantar: “ponme como sello en tu corazón” (Ct 8, 6). El latido de la fe se agita súbitamente ante las llagas que no ve y exclama vibrando: “Confieso que eres mi Dios: haz que crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.”

 

Amor que da vida

 

“Caritas est amicitia”, dice el genial Aquinate, la caridad es amistad y lo primero que el amigo busca es que su amigo sea y viva, y así mirarlo a los ojos y decirle “Tú no morirás”. Pues bien, a esa primera intención del Amigo responde la Eucaristía, que siguiendo el himno de Tomás es “el Pan vivo que da vida al hombre”, el alimento espiritual para que el alma sea y viva en plenitud. “Este es el pan bajado del cielo; no como aquel que comieron vuestros padres y murieron; el que coma de esta pan vivirá para siempre” (Jn 6, 58). El Buen Pastor, lleno de viril sed de amor, no sólo nos conduce hacia las verdes praderas sino que se ofrece el mismo como alimento, como pasto para sus ovejas. Y por eso continúa el poema “Concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura” ¡Oh delirio de Misericordia! Este es el banquete que soñó el Padre para las Bodas del Cordero: ¡banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad!

 

Trepa el himno hacia su cumbre y en un arrebato de ternura exclama: “Señor Jesús, Pelícano bueno”. Cuenta la historia sobre aquella maravillosa ave que se desgarraba el pecho con su pico a fin de alimentar y revivir a sus pequeños con su sangre. Maravillosa imagen de Cristo, el apasionado pelícano, quien nos entrega su costado en cada Eucaristía, “porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55). Tanta desproporción entre el amor del Esposo y nuestras infinitas miserias e infidelidades nos aplastan y solo alcanzo a decir: “límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero”.

 

Y entonces, al igual que la historia, este himno tendrá un final de otro mundo. “Estos son los que llegan de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Y es que sólo la visión pura y eterna del Amado puede aquietar el vertiginoso ritmo de esta melodía de desierto. Ahora vemos como en un espejo y sin embargo, sin la menor vacilación, confesamos su presencia real. Pero cuando el Señor se manifieste en la gloria, cuando el Esposo finalmente atraviese el velo y enjugue para siempre nuestros ojos, sólo entonces “seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2). El desenlace ya estaba cantado: “Jesús, a quién ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria”. Y así termina este viejo poema de amor: golpeando las puertas de las Bodas Eternas, en donde la Esposa aguarda hasta cantar por siempre “Encontré al amor de mi alma. Lo agarré y no lo soltaré” (Ct 3, 4).

 

Matías Poccioni

Seminarista de FASTA

Asesor de la SITA Joven

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