Amarás a tu prójimo, ¿Y odiarás a tu enemigo?

 

El aborto legal, seguro y gratuito ya no es solo un tema de organismos internacionales, tampoco se limita a los medios de comunicación o a los recintos legislativos. Hoy está en la calle. Los pañuelos verdes caminan por la ciudad, viajan en colectivo, atienden en los quioscos. Están cerca de vos y de mí, quizá entre nuestros familiares y amigos. Son nuestros prójimos; y cuando el prójimo está en la miseria no cabe sino la misericordia, aquella de la que nos da ejemplo Jesús: “Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos»."  (Lc 19, 41-42)

 

Al respecto nos dice Santo Tomas: “La miseria consiste en sufrir lo que no se quiere. Pero hay tres maneras de querer alguna cosa. Primera: por deseo natural, como el hombre quiere ser y vivir. (…) Así, pues, desde el punto de vista de la miseria, el motivo específico de la misericordia es, en primer lugar, lo que contraría al apetito natural del que desea, es decir, los males que arruinan y entristecen, y cuyo objeto contrario desea el hombre.” (II-II, q. 30, a. 1, c.)

 

Desde la fe sabemos que el hombre, llamado a vivir en comunión con Dios, no tiene ningún deseo más grande que el de conocer y amar a su Creador. Muchas personas no lo saben, pero no por eso dejan de anhelarlo profundamente. Buscan a Dios, pero esa búsqueda han querido silenciarla con ideologías, violencia, placeres y mentiras. Por eso no hay nadie más digno de misericordia que el que no conoce ni ama a Dios. Esta situación nos plantea un enorme desafío: ¡No alcanza solo con razones y argumentos médicos, filosóficos o demográficos! Porque al que tiene sed no le sirve que le tiremos un baldazo de agua en la cara, ni al mendigo que pide comida en la calle le sirve media res congelada. Del mismo modo la verdad hay que darla procurando que sea recibida. En otros tiempos la Iglesia fue probada en la verdad, hoy el Señor quiere probarnos en la caridad. El amor cristiano empieza en Dios y en su omnipotencia, por eso la oración por los enemigos —¡también por los abortistas!— no es solo un signo bonito, es una exigencia del Evangelio.

 

También otra de las enseñanzas de Santo Tomas nos hace reflexionar al respecto: “Como dice Agustín: «Dios, por ser el Bien Sumo, de ninguna manera permitiría que hubiese algún tipo de mal en sus obras, a no ser que fuese tan omnipotente y bueno, que incluso del mal sacara un bien». Por tanto, pertenece a la infinita bondad de Dios que permita males y de ellos saque bienes.” (I, q. 2, a. 3, ad 1)

 

¿Cuál será el bien que Dios quiere sacar de entre tantos males? ¿Cómo aliviar tanto sufrimiento de Jesús? Sin duda que gran parte del designio de Dios quedará todavía en el misterio, pero quizás algo alcancemos a vislumbrar. Por eso no somos temerarios al creer que ante tal falta de verdades trascendentes, de la cual brotan la falta de amor, de comunión, y de paz, el Señor nos suplique una fe inconmovible. Desde esta fe es que leemos los signos de los tiempos, y si bien siempre fue así, quizá hoy más que nunca la fe nos reclama una caridad fervorosa y una misericordia entrañable que aplaquen tan solo un poco de la sed de Jesús: “Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber. (…) Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.”  (Mt 25, 35.40)

 

Juan Ignacio Rodríguez Barnés

Seminarista de FASTA

Dirección de Investigación de la SITA Joven

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